Tesoros de piedra contra la marea del olvido

Estoy leyendo La tempestad, una novela por la que Juan Manuel de Prada obtuvo el Premio Planeta. Fue a finales del siglo pasado. Es una historia interesante que nos lleva de visita por Venecia y por el cuadro de Giorgione, de 1508, que pone título al relato.

Rebusco entre mis recuerdos y las viejas fotos que guardo en antiguos álbumes. Son pocas y borrosas. Hechas en un tiempo en el que muy pocas personas tenían aún una cámara digital. Montse, sus hermanos junto con una amiga suya, de la que no recuerdo su nombre pero sí lo guapa que me pareció, en un coche destartalado; Soraya, Mariángeles y sus amigos durmiendo todos juntos en una furgoneta. Un año ERASMUS. Inolvidable. Fueron dos visitas muy fugaces a la ciudad de los canales que solamente me permitieron atisbar algo de la grandeza caduca de la ciudad de los dogos. 

Siempre me ha gustado su sobrenombre: la Serenísima. Dominó los mares frente al todopoderoso imperio Otomano, mantuvo a raya a la Monarquía Hispánica. Antes se había impuesto a las otras Repúblicas Marineras italianas, sobre todo a Génova. Cuna de incansables marinos y exploradores, cuya figura máxima es Marco Polo. Su imperio comercial fue una talasocracia comparable a la ateniense.

Su grandeza fue perdiendo brillo y se apagó por fin con las guerras revolucionarias. Austríacos, franceses, austríacos (otra vez) se adueñaron de ella hasta que se unió a Italia en 1866.

Pero ¿Cómo iban a saber todo esto aquellas gentes que construyeron sus casuchas en una ciénaga, huyendo de la marea bárbara en el siglo V?

Construida sobre islas que la protegen y al mismo tiempo la aíslan. Atesoraron enormes riquezas durante su largo imperio gracias a las que desarrollaron el arte de una forma espectacular. Su poderío naval les convirtió en punto clave para los cruzados. Su influencia era tan grande que, posiblemente, aceleraron en varios siglos la caída del Imperio Bizantino al ayudar a los cruzados a instaurar el Imperio Latino de Bizancio.

Aquella ciudad la recuerdo como el ejemplo de lo totalmente imposible. Mucho más interesante que bonita. Con un perenne olor a salitre. Para los que somos gentes de costa, debería ser un aroma liberador, reconfortante, un camino hacia el hogar. Y sin embargo, es tan pesado que es casi lo opuesto. Más que hacerme añorar mi niñez junto a la mar, me hace arrugar la nariz llevándome a la parte más sucia del puerto, allí donde desembocaban los colectores desovando toda la inmundicia de la ciudad. 

No son los invasores quienes más abruman a Venecia, ni siquiera las hordas que desembarcan cada día de inmensos cruceros. Su riqueza histórica y cultural es colosal. Pero los destellos más brillantes provienen de su arquitectura imposible. Los islotes sobre los que se asienta la ciudad hace tiempo empezaron a hundirse en el cieno adriático. Cuando sube la marea más de lo normal sus principales zonas turísticas, como la Plaza de San Marcos, se inundan. También las aguas lo invaden todo, desbordando los canales. Juan Manuel de Prada la compara con un leproso que aún resiste a la enfermedad, cuando habla de la imagen de las fachadas de sus edificios. Y creo que el autor acierta de pleno.

¿Cuánto tardará Poseidón en reclamar para siempre lo que es suyo? ¿Dónde emigrarán los habitantes de esta moderna Atlántida? Son personas y, sin duda, encontrarán otros lugares donde añorar su tierra perdida para siempre.

Sin embargo, ¿qué ocurrirá con sus tesoros arquitectónicos? La imponente torre campanario de la Plaza de San Marcos permanecerá visible, el Puente de los Suspiros seguirá comunicando el Palacio Ducal con la antigua cárcel pues está varios metros por encima de las aguas. Pero ¿ qué ocurrirá con ese mismo Palacio de los Ducal? ¿qué pasará con la Basílica de San Marcos? ¿Y el resto de palacios e Iglesias que jalonan los canales? Italia no tiene ni tendrá dinero para salvar estos tesoros, es imposible.

Hay quien dice que somos un continente museo en el que casi todos los países tienen el mismo problema: ¿Cómo mantener el patrimonio si no hay dinero para ello? Cada vez más las guerras nos amenazan las guerras, también lo hace el envejecimiento de la población, o la llegada de millones de desplazados que buscan una vida mejor… Todo esto supone muchísimos gastos para las arcas de los Estados que hace imposible dedicar el dinero suficiente a salvaguardar su patrimonio físico, que es una parte importantísima de su memoria. 

En muchos casos, esos edificios perdieron su razón de ser por la que fueron construidos (castillos, murallas, acueductos, calzadas…) o lo están perdiendo a velocidades pasmosas (iglesias y catedrales, plazas de toros…). Así surge la gran pregunta que algunos quizá no sean capaces de entender ¿Por qué dedicar dinero a unas piedras que ya nadie usa?

Su pérdida sería como padecer Alzheimer, para mí la peor enfermedad de todas. Poco a poco perdemos la memoria y olvidamos a nuestros seres queridos. Va desapareciendo la capacidad de realizar las actividades diarias, dejamos de tener autonomía. Nos invade la desorientación. Pensamos y razonamos con dificultad. Nos podemos volver violentos, o tan dóciles que cualquiera puede llevarnos, sin una queja, hacia el precipicio. Olvidamos quiénes somos, de dónde venimos y, por supuesto, a dónde vamos.

Todos esos edificios no son piedras muertas, son nuestro ancla con el pasado. Sin esa parte de nuestra memoria común ¿lograremos comprender quiénes somos, a dónde vamos y de dónde venimos? Me temo que olvidaremos incluso cosas tan bonitas como el nombre de aquella chica a la que conocí tan fugazmente pero que tanto me gustó.

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Roberto Ruiz Rodiño

Licenciado en Historia, la Universidad de Cantabria es su alma mater. Con un pedacito de su corazón entre España, Italia, Irlanda y Polonia. Conversador y amante de las pequeñas y grandes historias. Apasionado de los viajes, la lectura, el cine, la escritura. Disfruta del rugby, la brisa marina, la buena mesa y la sobremesa. Verdiblanco hasta la médula, sufre con el Racing de Santander. Profesor de ELE, Historia y Cultura de España, guía turístico y traductor... Ahora, inmerso en una nueva reinvención, el destino le ha llevado a Bye Bye Viernes.

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