¿Una elección improvisada?
Puedo imaginarme al primer ministro de su Graciosa Majestad, Clement Attlee, reunido con algunos de sus ministros, a altas horas de la noche en el número 10 de Downing Street. Seguramente a finales de la primavera o comienzos del verano de 1947. La sala estaba llena de humo de puros habanos, de aroma de café jamaicano, de tintineo del hielo en copas del mejor whisky escocés y del sonido inconfundible del entrechocar de las bolas de snooker del más fino marfil africano. Todo el lujo imperial más británico reunido en su centro político, donde absolutamente nada era inglés.
La discusión sobre el problemón heredado de las promesas a los nacionalistas del Raj no podía continuar por más tiempo. La India era una olla a presión a punto de estallar y necesitaban una respuesta ya: «Chicos, creo que ya tenemos a nuestro hombre. Dicen que es una buena persona, un jurista muy competente. Pero al fin y al cabo, necesitamos a un pringao para el trabajo. Además es galés. Un tal Cyril Radcliffe.»

Fuente: bbc.com
Me imagino otra escena, unas horas más tarde, algún funcionario de alto rango, acodado en la barra de un pub londinense, junto a Radcliffe. Con un par de vasos de whisky frente a ellos, el hombre le dice: “Mira, Cyril, nos conocemos desde hace mucho y te aprecio, pero me ha caído el marrón del siglo. ¿Tú sabes lo que es el Raj, no? Pues te toca decidir cómo dividirlo en dos.”
A Radcliffe se le encomendó uno de los trabajos más delicados, polémicos y complicados de la historia reciente. En Downing Street sabían muy bien que iba a haber problemas, muchos y graves. Pero había que hacerlo muy rápido. El gobierno de su Graciosa Majestad había dado su palabra. Ya sabemos lo que eso significa en un tratado firmado por un británico.
Este burócrata fue el encargado de trazar la línea que dividiría el Raj entre India y Pakistán en 1947. Nueve décadas de firme dominio de la Corona Británica se iban por la borda en unos pocos días. El Raj fue uno de los pilares británicos en la Gran Guerra, aportando un millón y medio de soldados. Años después, sin el Raj la resistencia habría sido imposible contra los nazis. Sus dos millones y medio de voluntarios en todos los frentes volvieron a derramar su sangre por el rey y el arroz saqueado en Bengala resultó decisivo. Quizá sean demasiados méritos para pasarlos por alto ¿no?
Con el inicio de la revolución industrial, los británicos, ya grandes terratenientes en la India, obligaban a la población a cultivar algodón en lugar de arroz. Era un producto del todo necesario para la industria textil de la metrópoli. Las hambrunas provocadas por ello eran algo periódico. Millones de personas morían de inanición mientras las fábricas del Reino Unido inundaban de textiles el mundo.
Mientras tanto, los británicos habían convertido a su otra colonia, Birmania (actual Myanmar), en el principal exportador de arroz del mundo, que también abastecía en parte a Bengala. En 1943, Birmania había caído en manos de los japoneses y con ella todo su arroz. Además un ciclón arrasó con las cosechas en el invierno del 42-43. Todo esto se unió al hecho de que el gobierno de Londres obligó a que las fábricas del Raj produjeran material para las tropas de África y las colonias asiáticas. El excedente de arroz también tenía que cederse a los soldados. Aunque hubo más causas, esto produjo una enorme hambruna en Bengala. Algunos cálculos afirman que murieron más de 3 millones de personas.

Fuente: theguardian.com
Aquel pobre hombre nunca antes había estado en la India. Por supuesto, no volvió a poner jamás los pies por aquellos lares. Supongo que nadie a ambos lados de la frontera debía de tenerle demasiado aprecio, aunque dudo que ni siquiera se acercara por allí para ver los lugares por los que transcurría realmente la línea que iba a marcar en el mapa ni mirar a los ojos de la gente que iba a sufrir sus consecuencias.
La de India y Pakistán es una de las fronteras más calientes del mundo y, ¡ATENCIÓN!, su trazado se llevó a cabo en 5 semanas. Como el mismo Radcliffe comentó en una entrevista, de la que se hace eco un artículo de la BBC, habría necesitado al menos 2 o 3 años para hacer mejoras en su labor. Sin embargo, en Londres le dieron 5 semanas.
¿Qué podía salir mal?
La joya de la Corona Británica
Pakistán, India, Bangladesh, Ceilán, ese era el Raj Británico. Inmensamente grande, inmensamente rico, inmensamente poblado.

La pregunta es obligada ¿cómo demonios habían llegado los británicos allí?
Siguiendo la estela de los portugueses, y aprovechando su debilidad, otras potencias europeas se establecieron en la India durante el siglo XVII. Las sucesivas guerras contra Francia hicieron que poco a poco la influencia británica fuera creciendo entre los principados de la zona. Una vez victoriosos, los británicos dejaron de tener rival y comenzaron a expandirse más allá de la costa. Y lo hicieron, naturalmente, muy a lo anglosajón y a lo capitalista, usando una empresa privada: la Compañía Británica de las Indias Orientales. Esta empresa tenía su propio ejército, su propia administración y sus propios intereses. Era dueña y señora de todo lo conquistado y de toda su población, al margen de la Corona. Poco a poco, por medio de acuerdos comerciales y políticos se fue haciendo con el control de gran parte de los principados, los cuales formaban parte, nominalmente, del imperio mogol que estaba en franca decadencia.
Sin embargo, la situación era muy inestable, por decirlo de un modo suave. Tanto que en 1857 todo estalló por los aires. Gran parte del territorio fue pasto de una revuelta enorme y fulgurante. Un silencioso rumor se extendió entre las tropas: los nuevos cartuchos para los fusiles estaban impregnados con grasa de cerdo y vaca. Eso era más de lo que musulmanes e hindúes podían tolerar. El olor a pólvora invadió el valle del Ganges, las súplicas inútiles de los civiles se escuchaban por todas partes, la sangre corría como ríos desbordados. Todo aquello duró un año eterno.
La gestión colonial había estado fuera del control gubernamental, la corrupción del sistema resultó un desbarajuste. Era la joya que hacía brillar al imperio. Nuevas revueltas eran el terror de Londres, la espada de Damocles pendía sobre el imperio. Se pensó, con acierto, que coronar a la joven reina británica como emperatriz de la India era la solución. Así, el control sobre el Raj recaería directamente en el gobierno. La sucesión de Virreyes y las reformas económicas, culturales, políticas… llevaron estabilidad y reafirmaron el dominio. Sus materias primas y su inmenso mercado eran el pan y la sal de la industria británica. Sin el Raj ¿qué hegemonía comercial e industrial habría que defender?
Los inicios del nacionalismo
Sin embargo, todo esto duró sólo unas décadas. A finales del s. XIX, la lucha política por la independencia estaba plenamente en marcha. El Congreso Nacional Indio (principal partido nacionalista) y más tarde la Liga Musulmana trabajaron duramente por ello. Ambos partidos se enfrentaban entre sí e incluso buscaban la creación de dos estados separados. En Londres vieron llegar los problemas. Tanto fue así que después de la I Guerra Mundial decidieron atajarlos lo antes posible. Comenzaron a aprobar reformas destinadas a reprimir políticamente a los hindúes. En medio de todo esto aparece la gigantesca figura del frágil Gandhi. Pronto se convirtió en el líder del movimiento independentista. Con él comienza algo radicalmente nuevo, fuera de toda lógica: un independentismo pacífico. Promovía la resistencia no violenta y la no cooperación. A los británicos todo esto les desconcertaba profundamente. ¿Cómo hacer frente a una revuelta donde no había violencia que reprimir?

Fuente:bbc.com
El alto precio de la deseada independencia
Poco a poco, el Congreso Nacional Indio fue ganando más y más presencia en el parlamento Indio. Al estallar la II Guerra Mundial ya estaba totalmente claro que los británicos no podrían seguir controlando el Raj así que se llegó a un acuerdo para su independencia. Churchill se oponía frontalmente pero se acabó fijando la fecha en 1947.
Sin embargo, y a pesar de la imagen de orden y planificación que siempre intentan mostrar los anglosajones, todo da una enorme sensación de improvisación. Y para muestra, un botón: la confesión que hizo Radcliffe en una entrevista en 1971 al periodista Kuldip Nayar, lo dice todo. Según la BBC, afirmó: «Luego me di cuenta de que Pakistán no tendría ninguna ciudad grande, y ya había reservado Calcuta (en Bengala) para India.” Esa línea trazada a lápiz la cambiamos y todo solucionado.

Fuente: sapiens.org
En este proceso se tomaron decisiones que luego se revelarían dramáticas. Entre ellas podemos destacar dos:
En primer lugar, lo que hoy conocemos como Pakistán y Bangladesh formaron un solo país llamado Pakistán. Para ello solamente se fijaron en que la mayoría de la población en esos territorios era musulmana, pero no tuvieron en cuenta muchos otros factores. Después de unos años, el resultado fue el estallido de una guerra que acabó por separar ambos territorios en 1971.
En segundo lugar y aún más sangrante, se cometió la torpeza de no definir a qué estado pertenecía Cachemira. Y esto ha creado un problema sin visos de solución. No seré yo quien diga que fue la mala idea y no las prisas las que dejaran este tema tan delicado en el tintero. Es un lugar dejado de la mano de Dios donde la mayoría de la población, que es musulmana, es gobernada por una minoría, que es hindú. Nuevamente ¿qué podía salir mal? Rápidamente estalló una guerra cuyo resultado fue una división marcada por millones de desplazados y muertos.
Se intentó solucionar trazando una «línea de control», quedando la parte norte del lado pakistaní y la parte sur del lado indio. Desde entonces es un territorio en disputa donde un tercer actor, China, también tiene cosas que decir. Cada uno de los tres países ejerce la soberanía sobre alguna parte de la región.

Fuente: elordenmundial.com
Pero el problema de Cachemira es solamente otro de esos «asuntillos» pendientes que muchos vemos como aparentemente irresolubles. La India es rica en este tipo de lugares donde se trazaron descuidadamente las fronteras y surgieron, de forma imprevista, focos de tensiones constantes. Otro ejemplo son los límites fijados por la línea MacMahón, entre 1913 y 1914, en el Tibet. El gobierno de Pekín ni los ha aceptado ni es previsible que los acepte. O la más antigua Línea Durand, que establecía en 1893 los límites entre Afganistán y el actual Pakistán y que los sucesivos gobiernos de Kabul también niegan de forma contumaz su reconocimiento.
Unos años más tarde, muy lejos de allí, el patrón se volvió a repetir. El escenario era Chipre en el año 1963, el protagonista, el general Peter Young. Una línea verde recorrió el mapa de la tan paradisíaca como ensangrentada isla mediterránea, creando un problema que aún divide a uno de los países de la Unión Europea. Pero esta es una historia que narramos más detalladamente en otro artículo.
El enorme imperio británico demostró su fragilidad cuando, tras apenas siglo y medio de hegemonía global, todo se vino abajo como un castillo de naipes. Entre 1945 y 1965, el grueso de sus posesiones consiguieron la independencia. En este proceso, la nómina de pringaos imperiales incluye más nombres que el de Cyril Radcliffe. Sin embargo,sería injusto olvidar que todos los imperios recientes han compartido estas amargas experiencias. Las consecuencias de todo esto duran, en muchos casos, más que los propios imperios que las generaron y, sin duda, se extenderán en el tiempo durante generaciones. De todo esto nos ocuparemos en futuros artículos.


