Cómo Hungría ha dado un giro político tras 16 años de dominio
El domingo, en unas elecciones con participación récord (79%), Hungría votó para poner fin a 16 años de gobierno de Viktor Orbán. Su partido, Fidesz, fue derrotado de forma contundente por la formación opositora liderada por Péter Magyar, que obtuvo 138 de los 199 escaños del Parlamento, superando ampliamente la mayoría de dos tercios necesaria para gobernar sin restricciones. Fidesz se quedó en 55 escaños, mientras que la ultraderecha obtuvo seis.
Orbán reconoció la derrota calificándola de “dolorosa pero clara”. Magyar, por su parte, habló de una “liberación” del país y prometió que Hungría volvería a ser un socio fuerte dentro de la Unión Europea y la OTAN.
Para entender la magnitud del resultado, hay que situarlo en contexto. Desde 2010, Orbán había construido un sistema político estable apoyado en el nacionalismo, la defensa de valores tradicionales y una oposición explícita al liberalismo occidental. Durante ese tiempo, su gobierno consolidó poder colocando aliados en instituciones clave, reformando el sistema electoral en su favor y acercando al país a Rusia, al tiempo que tensaba su relación con la Unión Europea. Las preocupaciones por el deterioro del estado de derecho llevaron a Bruselas a congelar más de 20.000 millones de euros en fondos destinados a Hungría, de los cuales solo una parte fue liberada tras reformas judiciales.
A pesar de estas tensiones, Fidesz había ganado todas las elecciones entre 2010 y 2022 con cerca del 50% del voto. La caída no era inevitable.
El ascenso de Magyar
El punto de inflexión llegó en 2024. Un escándalo político forzó la dimisión de la presidenta Katalin Novák y de la ministra de Justicia, después de que saliera a la luz el indulto a un implicado en el encubrimiento de abusos en un centro infantil. El caso generó protestas masivas, especialmente porque el gobierno se había presentado durante años como defensor de los valores familiares.
En ese contexto, Péter Magyar, hasta entonces miembro de Fidesz, abandonó el partido y comenzó a denunciar públicamente la corrupción interna. Poco después se unió a un partido centrista prácticamente desconocido, Tisza, que había sido fundado en 2021 pero no tenía relevancia política. Su incorporación lo transformó en una alternativa real.
A pesar de contar con menos recursos, Tisza obtuvo cerca del 30% de los votos en las elecciones europeas de 2024 y, a finales de ese año, ya lideraba las encuestas nacionales. Durante 2025 consolidó esa ventaja, llegando a una diferencia de diez puntos sobre Fidesz en los sondeos previos a las elecciones.
El contexto electoral no era neutral. Las reformas impulsadas por Orbán durante la última década habían rediseñado los distritos de forma que concentraban el voto opositor en áreas urbanas y lo diluían en zonas rurales más favorables a Fidesz. A esto se sumaban votantes indecisos y el apoyo de comunidades húngaras en el extranjero, tradicionalmente alineadas con el gobierno. La victoria de Tisza, en ese sentido, no estaba asegurada.
Economía, campaña y lo que viene
Dos factores explican el resultado. El primero, el deterioro económico. Entre 2022 y 2023, Hungría sufrió una inflación que llegó al 25%, reduciendo significativamente el poder adquisitivo. Las medidas fiscales adoptadas por el gobierno —subsidios y recortes selectivos— aumentaron el déficit, que alcanzó el 4,9% del PIB en 2024. Al mismo tiempo, el coste de la deuda se disparó hasta niveles récord, limitando el margen de gasto público.
Magyar logró vincular estos problemas a la corrupción y al deterioro institucional, argumentando que una mejora en el estado de derecho permitiría desbloquear los fondos europeos congelados y estabilizar la economía.
El segundo factor fue su campaña. A lo largo del último año, Magyar recorrió el país con cientos de actos y utilizó su conocimiento interno de Fidesz para reforzar sus acusaciones. Su posicionamiento —socialmente conservador pero proeuropeo— le permitió atraer tanto al electorado tradicional de la oposición como a antiguos votantes de Orbán.
En los días previos a las elecciones, el gobierno intensificó su estrategia. Orbán sugirió amenazas externas, incluyendo un supuesto sabotaje a infraestructuras energéticas que algunos analistas interpretaron como una maniobra para influir en el voto. También recibió en Budapest al vicepresidente estadounidense J. D. Vance, que pidió abiertamente apoyo para Orbán y criticó a la Unión Europea por supuesta interferencia. Bruselas, en cambio, mantuvo un perfil bajo durante la campaña, probablemente para evitar reforzar ese argumento.
Los datos apuntaban, además, a una opinión pública mayoritariamente favorable a la UE: alrededor del 77% de los votantes apoyaban la pertenencia al bloque y una mayoría confiaba en sus instituciones.
Ahora, con una supermayoría parlamentaria, Magyar tiene margen para reformar el sistema. Ya ha pedido la dimisión de responsables clave en el aparato judicial y regulador, y podría modificar la Constitución para revertir la influencia de Fidesz en las instituciones.
La cuestión no es solo qué hará el nuevo gobierno, sino qué queda del sistema que Orbán construyó durante más de una década. Porque, aunque el resultado electoral es claro, deshacer ese entramado será necesariamente más lento que su caída.

