El verano fue de los de antes, de aquellos de los que disfrutaba cuando iba a la escuela. Largos, casi interminables. De finales de junio a principios de septiembre. Mis únicas preocupaciones: hacer algo o no hacer nada. Descansar, conversar con viejos amigos, ver a familiares que se hacen irremisiblemente mayores, continuar con nuestras tradiciones, crear otras nuevas. Pero sobre todo, disfrutar del olor de la mar.
Además, mientras pensaba en lo que tenía por delante, me juré llevar a mis hijas al Convento. El monasterio de Santa María de Rioseco es un sitio mágico. Está al norte de Burgos, en las Merindades, a orillas de un río Ebro aún joven. De aquel valle viene parte de mi familia. Allí pasé momentos que, en realidad, casi no recuerdo. Era tan pequeño que las imágenes me vienen a trompicones: imágenes borrosas, antiguas fotos, charlas y viejas historias mil y una veces contadas, cortas visitas durante los largos años que han pasado entre mi niñez y ahora que ya peino canas. Tía Paula. Tío Viviano. La prima Eva. Ellos fueron sus guardeses, viviendo en aquella humilde morada: la casa del cura.
Cuando paseas por allí sientes que más de ocho siglos te contemplan. Es un edificio que una vez conocí ruinoso y cubierto de maleza. Es un edificio que hoy sigue ruinoso pero está limpio y lleno de “bueneza” (aunque mi hija diga exaltada que esa palabra no existe). Desde 2010 cientos de voluntarios de toda España (e incluso del extranjero) sudan allí dos semanas cada verano. Lo restauran. En los 60 vio su iglesia la última boda, en los 70 las últimas comuniones. Hoy, cada verano, vuelven las misas, hay conciertos y visitas guiadas.
Pero verás, no me di cuenta hasta que terminó todo y en septiembre regresé a la vida real, lejos de mi tierra. Entonces volví la vista atrás.
A mediados de julio, como cada año, llegó el cumpleaños de mi hermano. Siempre está muy ocupado con su trabajo, con sus cosas. En verdad, es difícil saber cuándo puede contestar al teléfono o no. Le mandamos un mensaje de audio, que ahora se estila mucho. Y el día pasó sin más. También os digo que para mí, mi cumpleaños es un día que no merece mucho ser recordado. Nunca me han ilusionado las fiestas sorpresa ni nada de eso, simplemente pasa una vez al año y ya está.
Sin embargo, aquel día de septiembre, reparé en algo que me rondaba hacía tiempo. Salía de la biblioteca y me encuentro, sobre una mesa, con un volumen llamativo, ilustrado: Un poeta en Nueva York. Cuando lo devuelvo a la mesa, después de ojearlo, me fijo en que está rodeado de más libros de Lorca. Y entonces lo veo: un cartel -un poco cutrecillo, todo hay que decirlo- “Noventa aniversario del asesinato de Federico García Lorca”. Y yo pienso: “madre mía, es verdad, ¡la Guerra Civil!”
Pues sí, yo que soy licenciado en Historia, había olvidado una efeméride tan señalada como esa. Y sin embargo, luego he pensado: “A ver, no nos alarmemos innecesariamente. Fecha exacta del comienzo de la Guerra Civil española. Mira, es el típico dato que sirve para conseguir un quesito facilón de la pregunta de Historia en el Trivial Pursuit. Bueno, y también para que lloren -no sabría decir muy bien por qué- algunos recalcitrantes nostálgicos de una época que afortunadamente ya pasó para no volver. Y sus acérrimos enemigos también. Al resto ya nos da un poco igual. La vida sigue y eso fue hace mucho. ¿Quedará alguno vivo de los que lucharon?”. Además, en una sociedad como la nuestra, cada vez más diversa gracias a la inmigración, ¿se sentirán las nuevas generaciones identificadas con ese pasado?
Y me dirás, amigo lector, no sin parte de razón, que cómo puedo decir semejante cosa, si soy licenciado en Historia. Te pido algo de indulgencia.
A ver si me explico: ¿De verdad es tan importante saber lo que ocurrió en una fecha determinada en un lugar muy localizado del Globo Terráqueo? En realidad no paran de ocurrir cosas importantes cada minuto de cada día. Esas cosas que ocurren tienen importancia para quien las vive, pero al resto… Pero sobre todo ¿qué es más importante? ¿la fecha en la que ocurre algo o el hecho en sí y sus consecuencias que sufrirán durante años, décadas o incluso siglos, cientos, miles, millones de personas?
En mi opinión, conocer fechas aisladas no sirve de nada, de absolutamente nada, si no entendemos los procesos que las siguen. Y es ahí donde las fechas empiezan a diluirse hasta que un día se pierden en las arenas del tiempo. Entonces solo quedan las consecuencias, eso es lo verdaderamente importante.
Y esto es lo que siempre he sentido con los cumpleaños. Este año había olvidado totalmente la efeméride que coincide con el cumpleaños de mi hermano, el 17 de julio.
La gente no olvida, continúa, pasa página.


