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Nápoli, Nápoli, ti sento ma non ti vedo

Nápoli, Nápoli, ti sento ma non ti vedo es lo que decían en el norte sobre la gran ciudad del sur. Haré una aclaración: el verbo sentire en italiano puede significar sentir, oír, oler, notar, percibir… Las gentes del norte, los polentoni, la usaban para describir el mal olor de la gran ciudad de los Terroni. Pero, habiendo visitado Nápoles, realmente ¿a qué se refiere? ¿Quizá al hedor de sus calles? ¿al ruido del tráfico caótico? ¿al alma de una ciudad que intenta obligar al turista a adaptarse a ella?

Llevaba media vida queriendo visitarla. Desde que viví con Angelo, aquel joven cocinero napolitano. Su actitud ante la vida, ante un plato, ante una mujer, ante un amigo… Solo he pasado unos días en Nápoles, pero pienso que voy entendiendo un poco más su personalidad. 

Cuando me preguntan por esa ciudad, aún no sé cómo describirla. Creo que Pino Daniele lo borda en su canción Napule è. Pero él es napolitano. En otros tiempos hubiera vivido en ella, pero no por mucho tiempo. Por el momento a mí solo me sale decir que es muy particular. Pero como dice mi amigo Jose, en eso cabe de todo. Lo sé, lo sé, pero necesito tiempo. Fíjate si es particular que, siendo una ciudad de 3 millones de habitantes, solamente tiene un equipo de fútbol. ¿Dónde has visto tú algo así en una ciudad tan grande?

Pero además, veo una ciudad que no acaba de ceder a la turistificación sino que trata de obligar a sus visitantes a adaptarse a ella. Al menos es lo que a mí me parece.

Solamente estuve una semana, pero quizá encontré cuatro Nápoles diferentes. Aunque aquí tengo que ser honesto: hablamos solamente del casco histórico.

Nada más llegar, la ciudad que nos dio la bienvenida fue la cutre, mugrienta y, hasta cierto punto, peligrosa. Aún conserva el alma de la urbe caótica mediterránea. Jóvenes en moto dando vueltas y más vueltas en un aparcamiento, niños jugando al fútbol ya de noche cerrada en la Piazza del Mercato, grupos de niñas en su primera adolescencia caminan en grupitos o bailan sus coreografías al son de estridente música. Un peatón que camina delante de nosotros, una moto con dos chicos sin casco que para junto a él, charlan y le dan discretamente algo que llevan en el bolsillo. Algunas terrazas llenas de gente cenando. Apenas a 50 metros, un par de militares hacen guardia como si fueran policías. Es la Operazione Strade Sicure. Más motos recorriendo la plaza con adolescentes cabalgándolas. Esa primera noche, mi hija mayor me dijo: «No me gusta Nápoles. Quiero irme».

Al día siguiente recorrimos las estrechísimas calles del centro histórico. Más motos en todas direcciones. Pero no hay gritos ni voces, solo breves toques de claxon y si caminas pegado a la pared no hay peligro. Los motoristas son como acróbatas, profesionales en el bello arte de esquivar al peatón o al coche que viene de frente.

Parece un contrasentido pero, en Nápoles, donde el tráfico es tan caótico, los conductores respetan al peatón a su modo. Aunque quizá sea mucho decir cuando ves a las motos pasar a toda velocidad justo delante de ti en el momento en que estás atravesando un paso de cebra.

Los edificios no están llenos de desconchones; sus fachadas son enormes desconchones.

Sin embargo, acto seguido, sin transición aparente, encuentras la Nápoles de Spaccanapoli. Parece lo mismo, pero no lo es. Subes por la Via del Duomo, llegas a un cruce que se convierte en una plaza donde se agolpa la gente. En la calle que cruza, el dios Maradona y sus estandartes azul celeste colgados de balcón a balcón están por todas partes. Luego Via Toledo y las dos o tres calles más superficiales del Quartiere Spagnolo. Ese es el Nápoles cedido al turismo de masas. Pero si te adentras unas calles más allá, ves que todo eso es como un arañazo en la piel.

De algo hay que vivir, ¿no?

Tomamos uno de sus famosos funiculares para llegar allá, a lo alto. Mi amigo Jorge tenía razón: a las niñas les encantó, y a nosotros también. Rodeando al Castel Sant’Elmo, encontramos un Nápoles con vistas espectaculares pero pocos turistas. Un lugar tranquilo y mucho más limpio, mucho más relajado. Se respira una vida a la que estamos más acostumbrados en nuestras ciudades de origen.

Al bajar, tomar el funicular equivocado te puede llevar a otra Nápoles totalmente distinta. De repente… Cartier, Rolex y tantas otras tiendas llenas de joyas. Es distinta, pero Nápoles sigue ahí. La calle no es esa gran avenida que esperarías encontrar, como en Londres o París. No deja de ser otra de esas calles relativamente estrechas, con sus palacetes y edificios decimonónicos cada cincuenta metros. Pero aquí todos están cuidados y limpios.

Me siento un poco desubicado. Hay tanta basura que me da asco y sin embargo, también me fascina. Me encanta su vitalidad, su desorden, su aparente despreocupación por la imagen, aunque quizá esto es algo precisamente pensado para atraer turistas.

Sí, qué asco, pero me encanta esta ciudad.

Pienso que sería una ordinariez por mi parte darte una lista de los lugares que no te puedes perder. No buscamos una equis más en una lista de lugares visitados. Para nosotros, la mejor experiencia fue perdernos por sus calles, dejando un poco de lado las arterias llenas de turistas, con el móvil en el bolsillo. Simplemente queríamos disfrutar paseando.

Cuando preparábamos las maletas para irnos, mi hija mayor me dijo: «qué pena, papá, querría quedarme un poco más. Está todo muy sucio… pero me gusta.» 

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Roberto Ruiz Rodiño

Licenciado en Historia, la Universidad de Cantabria es su alma mater. Con un pedacito de su corazón entre España, Italia, Irlanda y Polonia. Conversador y amante de las pequeñas y grandes historias. Apasionado de los viajes, la lectura, el cine, la escritura. Disfruta del rugby, la brisa marina, la buena mesa y la sobremesa. Verdiblanco hasta la médula, sufre con el Racing de Santander. Profesor de ELE, Historia y Cultura de España, guía turístico y traductor... Ahora, inmerso en una nueva reinvención, el destino le ha llevado a Bye Bye Viernes.

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