Hace un tiempo, hablando sobre la dictadura de Franco con un conocido italiano, surgió una de las eternas preguntas sobre el tema: ¿Por qué el dictador murió en la cama de un hospital mientras que Mussolini acabó fusilado y colgado por los pies en la Plaza de Loreto de Milán?
La comparación surge de forma natural por las aparentes similitudes entre ambas dictaduras: saludo romano, militarismo expansionista, control total de la sociedad, supuesto anticapitalismo, anticomunismo militante… Sin embargo nacieron, evolucionaron y finalizaron de forma muy diferente.

Fuente: elindependiente.com
En el caso español, la dictadura triunfó tras una cruenta guerra civil y se asentó después de una durísima postguerra. En mi opinión, uno de los secretos de su exitosa longevidad es que se trató de un régimen increíblemente camaleónico. Comenzó alineado con las potencias del Eje, pero en apenas 10 años pasó a ser un “leal” servidor de la mayor democracia occidental.
Comenzó siendo una autocracia militar en la que no estaba claro quién iba a tomar el mando. Franco fue “ese hombre” (aunque hay rumores de que le llamaban Miss Canarias por sus dudas y reticencias a la hora de unirse al Alzamiento). Poco tiempo pasó entre su elección y la creación del Movimiento Nacional que concentró a todas las fuerzas políticas en partido único. Falange perdió toda posibilidad de tomar el control político. Todo se basaba en un tradicionalismo muy español, apoyado firmemente por la Iglesia católica (no olvidemos que había sido una cruzada y que era Caudillo por la Gracia de Dios). Incluso mantuvo la ficción de llamar al país Reino de España.

Fuente: laguerracivil.es
Su gran activo fue que siempre ondeara la bandera del ferviente anticomunismo. Esto llevó a miles de voluntarios a luchar junto a la Alemania Nazi en el frente oriental, donde se envió a la División Azul. Mientras tanto, la nueva España, que trataba de levantarse cara al sol, permanecía oficialmente fuera de la Guerra. Y sí, aún había resistencia interna: los del monte, los maquis. Grupos de irreductibles e idealistas que confiaban, nuevamente, en que las democracias vencedoras del fascismo apoyaran su lucha. Aquellos ingenuos fueron cayendo poco a poco. Francia, Inglaterra y los EEUU prefirieron al general bajito y con bigote.
Pero la presión externa comenzó a ser demasiado fuerte. La derrota del Eje les había dejado solos. El aislamiento hizo que el color de la piel del camaleón fuera cambiando poco a poco, los brazos dejaban de saludar al estilo romano, las camisas dejaron de ser azules y ya no se bordaba en rojo el yugo y las flechas. Sin embargo, para mí, el secreto de su éxito fue el principio fundamental del régimen. “El centinela de Occidente”, como se llamaba a sí mismo el Caudillo, mantenía inquebrantable con su anticomunismo. Nos había dado de lado el Plan Marshall pero, cuando comenzó la Guerra Fría, ahí estaba el Tío Sam para salpicar con algunos dólares a aquella España de los años 50: tan humilde, andrajosa y seca como fundamental en su geoestrategia. También aprovecharon para vendernos su armamento obsoleto, con lo que consumimos parte de aquel dinero.

Fuente: Laguerrafria.com
La piel continuaba cambiando, pero los ojos seguían mirando a todas partes y la lengua del camaleón no paraba de castigar a los revoltosos. Mientras nos abrían tímidamente las puertas de las instituciones de la ONU, los esclavos políticos seguían picando piedra en el Valle de los Caídos. Poco antes de que Eisenhower visitara Madrid, la universidad ya era un hervidero de protestas y el SEU y los grises se las veían canutas para pararlas. También los obreros se mostraban atrevidos declarando la huelga general a pesar del control férreo de los sindicatos verticales. Entre tanto, los maquis seguían dejando su sangre en los montes.
El reloj corría en su contra, pero la piel seguía mutando para sobrevivir. Poco a poco el sistema se convirtió en algo llamado Democracia Orgánica. En los 60 comenzaba a abrirse la lata política y una tímida sociedad de consumo se abría paso. Aún no lo sabíamos pero ¡menos mal que nuestro amigo era el Tío Sam! Si llegan a ser los soviéticos la cosa hubiera sido diametralmente opuesta (ya sabéis: Hungría, Checoslovaquia y todo eso). En nuestros montes, aquellos maquis que luchaban desde hacía décadas, eran erradicados, desaparecían de nuestros montes como casi lo hacen los osos pardos.
Los años 70 fueron un tira y afloja entre aperturistas y “el búnker”, los intransigentes del régimen. Franco era un anciano que ya no daba para mucho más y había que decidir qué hacer. Cuando murió en 1975 parecía claro, aunque algunos se empeñaban en lo contrario: la apertura era imparable. Era el turno de la Transición. Pero mucho ojo, no nos engañemos, fue manejada por los mismos de siempre, algunos de los cuales aún siguieron en política muchos años, dejando herederos cómodamente sentados en sus tronos. Hubo tantos de ellos que hay quienes no tienen muy claro si la Transición terminó aquel 23F o aún sigue. Creo que el camaleón podría seguir cambiando de color indefinidamente.
Entonces es cuando me paro a pensar: ¿toda esa apertura se debió a una evolución natural del régimen hacia la democracia? ¿fue por una inercia de unión con el resto de Europa Occidental? ¿o se debió a determinadas circunstancias que hicieron que el camaleón cambiase el color de su piel, pero no su esencia?
Me pregunto: ¿y si el aperturismo hubiese sido fruto de algo mucho más sencillo, más prosaico? ¿Y si estaba mucho más relacionado con la gente que pisaba las aceras y trabajaba los campos que con las alfombras de los palacios y los escritorios de los ministros?
Pensad que la que conocemos como Guerra Civil, no es más que la última de un rosario interminable de conflictos y golpes de Estado que duró casi siglo y medio. Desde las guerras contra la Revolución Francesa y Napoleón hasta Ifni o más allá… La Marcha Verde. Europa, América, África, Asia, incluso en algún islote perdido de Oceanía. En ese siglo y medio ¡solamente faltó luchar en la Antártida! ¡España llevaba tanto tiempo desangrándose! Y la gente había sufrido tanto en la última postguerra que, en mi opinión, solo ansiaban que les dejasen en paz de una vez. Pero sobre todo había miedo, un miedo atroz a que volviera a llenarse todo de sangre y destrucción. Creo que la canción «libertad sin ira» de Jarcha lo deja muy claro: “[…] gente que tan solo quiere vivir su vida, sin más mentiras y en paz […]”

Fuente: lanacion.com.ar
Quizá fue por eso, y nada más, que El Generalísimo, El Caudillo, El centinela de Occidente, murió en una cama de hospital un 20 de noviembre de 1975. Por cierto, exactamente 39 años después que José Antonio. ¡Qué casualidad!


