Cuando el Vaticano eligió a León XIV como nuevo pontífice en mayo del año pasado —el primer papa nacido en Estados Unidos—, una parte significativa de la derecha americana asumió que se abría una oportunidad histórica. No solo por una cuestión simbólica, sino por afinidad política: una administración marcada por la presencia de figuras católicas influyentes, como Marco Rubio o J. D. Vance, parecía terreno fértil para una relación privilegiada con Roma.
La realidad ha sido la contraria. En menos de un año, las relaciones entre el Vaticano y la administración de Donald Trump han pasado de la expectativa a la confrontación abierta.
De Francisco a León: continuidad bajo otra forma
El desencuentro no parte de cero. El pontificado de Papa Francisco ya estuvo marcado por tensiones con Trump, especialmente en torno a la inmigración. Sin embargo, en Washington existía la expectativa de que el relevo papal trajera consigo un tono más conciliador.
No ocurrió. Aunque León XIV adoptó inicialmente una retórica más cautelosa, sus primeros gestos apuntaron en otra dirección. Apenas dos semanas después de su elección, rechazó —o, más bien, pospuso indefinidamente— una invitación de Vance para celebrar el 4 de julio en la Casa Blanca, evitando una foto que lo habría situado en el centro de la política estadounidense en pleno ciclo electoral.
En su lugar, eligió viajar a Lampedusa, uno de los principales puntos de llegada de migrantes en Europa y escenario de tragedias recurrentes. El gesto no necesitaba explicación: frente a la escenificación política en Washington, el Papa optaba por situarse en la frontera real de la crisis migratoria.
Una escalada progresiva
A lo largo de 2025, la tensión fue aumentando de forma sostenida. La Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos emitió un inusual comunicado —el primero en más de una década— denunciando la “vilificación de los inmigrantes” y reclamando una reforma profunda del sistema migratorio. Poco después, el propio León XIV calificó las políticas migratorias de Trump como “inhumanas”.
La respuesta desde la Casa Blanca no se hizo esperar. La portavoz presidencial, Karoline Leavitt, rechazó las críticas y redirigió la responsabilidad hacia la administración anterior. Pero el intercambio marcó un punto de inflexión: el conflicto dejaba de ser implícito para convertirse en público.
En los meses siguientes, el Papa endureció su discurso. No solo reiteró sus críticas a la política migratoria estadounidense, sino que empezó a cuestionar también la política exterior de Washington. Tras reunirse con Volodímir Zelenski, advirtió sobre el riesgo de fracturar alianzas clave, en una referencia apenas velada a la retórica de Trump sobre Europa.
El momento de ruptura
El verdadero punto de quiebre llegó en enero de 2026, tras el primer discurso anual de León XIV sobre el estado del mundo. En él, el Papa criticó lo que describió como el reemplazo de la diplomacia basada en el diálogo por una lógica de fuerza, y lamentó el debilitamiento de instituciones multilaterales como la ONU.
El contexto era clave: el discurso se produjo pocos días después de una operación militar estadounidense contra el régimen de Nicolás Maduro. Aunque las críticas no mencionaban directamente a Estados Unidos, en Washington se interpretaron como un ataque claro.
Según un informe de The Free Press, la reacción fue sin precedentes. Elbridge Colby convocó al embajador del Vaticano al Pentágono para una reprimenda formal, en lo que habría sido la primera vez que un representante de la Santa Sede era llamado a ese nivel en ese contexto. La escena, más propia de relaciones entre estados rivales, simbolizaba hasta qué punto la relación se había deteriorado.
Religión, guerra y poder
Desde ese momento, la escalada fue rápida. El Vaticano rechazó iniciativas diplomáticas impulsadas por Washington, criticó abiertamente la intervención militar en Irán y llegó a condenar el lenguaje belicista de la administración estadounidense. En uno de sus mensajes más duros, León XIV afirmó que “Dios ignora las oraciones de los líderes que hacen la guerra con las manos manchadas de sangre”.
El trasfondo del conflicto no es únicamente político, sino también ideológico. Mientras la administración Trump ha incorporado cada vez más elementos de nacionalismo cristiano —con figuras como Pete Hegseth utilizando retórica religiosa para justificar acciones militares—, el Vaticano insiste en una visión universalista, crítica con el uso instrumental de la religión en la política.
Un riesgo político inesperado
Históricamente, las relaciones entre Estados Unidos y el Vaticano han sido complejas, pero rara vez determinantes en clave interna. Esta vez podría ser diferente. Trump no solo obtuvo un fuerte apoyo entre votantes católicos en 2024, sino que su administración está profundamente marcada por esa identidad religiosa.
El problema es que ese mismo electorado se encuentra ahora ante una disonancia incómoda: un presidente que apela constantemente a la fe frente a una autoridad religiosa que cuestiona abiertamente sus políticas.
Más allá del conflicto
Lo que está en juego trasciende la relación bilateral. El enfrentamiento entre Washington y el Vaticano refleja una tensión más profunda sobre el papel de la religión en la política contemporánea: ¿debe ser un instrumento de poder nacional o una autoridad moral transnacional?
León XIV parece haber elegido claramente la segunda opción. Y en ese movimiento, ha dejado claro que, incluso siendo estadounidense, Roma no responde a Washington.

