Recorría el campo de batalla junto al río Orontes meditando sobre la extrema dureza de la jornada. La victoria agónica, según algunos, casi una casualidad. Estuvo a punto de caer del lado hitita pero, finalmente, los dioses nos la concedieron. Podíamos volver a Egipto para celebrar una gran victoria. Sin embargo, una pregunta golpeaba mi mente sin descanso: ¿con qué metal estaban forjadas las espadas de nuestros enemigos? Rompían nuestro bronce con insultante facilidad. ¿Cómo podríamos resistir ante semejante prodigio tecnológico? Ese secreto tenía que ser nuestro a toda costa. El destino de Egipto estaba en juego.
Así podría haber pensado el gran faraón Ramses II tras la batalla de Qadesh. Egipto se enfrentó al imperio hitita por el control de Oriente Próximo hace casi 3500 años.
Siempre se ha dicho que las nuevas tecnologías avanzan que es una barbaridad. Y siempre ha habido opiniones para todos los gustos sobre su uso o su conveniencia. Hay gentes que afirman que son peligrosas, incluso perniciosas para la mente humana, que nos vuelven holgazanes, vagos, perezosos. Sin embargo, yo soy de los que opinan que no son ni buenas ni malas sino que todo depende del uso que se les dé. Pueden ser una oportunidad para desarrollar todo lo positivo que tenemos los seres humanos.
Sin embargo, ahí está realmente el quid de la cuestión: ¿cómo utilizamos los humanos los avances tecnológicos? En mi opinión, la clave está en el uso responsable junto con la cultura (entendida como el conjunto de conocimientos que permite desarrollar un juicio crítico) y la ética.
Por lo general, siempre se han desarrollado los avances tecnológicos primero en el campo militar para luego extenderlos al civil. El caso del hierro es paradigmático, ese secreto convertía a los hititas en casi invencibles en el campo de batalla. Y sin embargo, aquel día fueron derrotados porque la inteligencia y la oportunidad se impusieron a la tecnología. Los hititas podrían haber utilizado el hierro para desarrollar herramientas civiles y compartirlo con sus vecinos, así, toda la actividad industrial podría haber hecho avanzar a la humanidad en paz y armonía. Pero ya sabemos que eso es una utopía pues la lógica humana funciona de otro modo.
Esto se ha dado de forma recurrente en la historia de la humanidad. Sucedió, por ejemplo, cuando los castellanos llegaron a América: en los viajes atravesando el océano, sus carabelas no llevaban solamente hombres, también acero, pólvora, animales de guerra… cosas contra las que los nativos no podían luchar. En menos de 50 años los grandes imperios indígenas habían sucumbido y la sociedad tradicional quedó desarticulada totalmente.
Lo mismo ocurrió durante la expansión europea por Asia y África dos siglos más tarde. Sin embargo, aquí el avance tecnológico había adquirido ya una aceleración enorme. A las nuevas armas de fuego supersofisticadas se unieron medios de transporte que permitían a los occidentales moverse a una escala nunca antes imaginada gracias ala máquina de vapor que instalaron en trenes y buques. La ruptura provocada por la enorme diferencia tecnológica fue tan grande que era imposible guardar ningún equilibrio. La historia volvió a repetirse.
Durante el siglo XX nos encontramos con el estallido de otra de estas tecnologías disruptivas: la informática, y con ella internet. Se considera que los primeros ordenadores, tal y como los conocemos hoy en día, fueron desarrollados por el ejército de los EE.UU. (ENIAC, en 1946) y por IBM. Su misión era hacer cálculos en el ámbito de la balística. Para la Segunda Guerra Mundial, el cerebro humano había alcanzado su límite y se necesitaba una capacidad de cálculo mucho mayor. Los ordenadores eran la clave y contribuyeron de forma decisiva a la victoria aliada. Poco después, el ejército de los EEUU desarrolló una red de ordenadores para asegurar la comunicación entre las bases militares más importantes del país en caso de que el estallido de una guerra nuclear inutilizara el resto de medios de comunicación existentes. Eran los años 60 y estaba naciendo ARPANET, el origen de Internet.
En los años 90 todo eso dio un salto brutal, hasta convertirse hoy día en algo totalmente básico y fundamental en nuestra vida cotidiana. En España hay ya, al menos, una generación que no ha conocido un mundo sin Internet y otra que casi no lo recuerda. ¿Qué haríamos sin ello? ¿Os imagináis un apagón que nos dejara sin electricidad? Definitivamente nuestro mundo se hundiría y, paradojas de la vida, los más ricos serían los que más lo sufrirían. Se arruinarían en una fracción de segundo pues todo lo tienen en el nuevo universo que llamamos digital. ¿Quién tiene hoy en día dinero en metálico en casa?
Pero no te preocupes, amigo lector, no creo que eso vaya a pasar. Sin embargo, lo que sí puede ocurrir es que lo más moderno dentro de estas nuevas tecnologías, la inteligencia artificial, se transforme en un peligro real e inminente. Es una herramienta que puede ser increíblemente útil, todo depende, como he comentado antes, de la combinación de su uso responsable, la cultura (conocimientos para un juicio crítico independiente) y la ética.
Hace ya bastante tiempo que escucho entre el gremio de profesores de secundaria y universitarios gritos como aquellos del que clamaba en el desierto. Para ellos, el problema principal es que los alumnos están dejando de usar sus cerebros para crear textos. Simplemente le piden a ChatGPT que lo haga por ellos y ya está. Algunos casi han olvidado cómo escribir a mano. Parece algo realmente peligroso.
Sin embargo, hace unas semanas me di cuenta de algo que, para mí, es aún más oscuro y que, ciertamente, se combina con el problema que apuntaban los docentes: existe un gran potencial de desinformación.
No voy a hablar de los vídeos falsos creados para denigrar tanto a famosos como a particulares, cosa gravísima, sino de una cosa mucho más simple. Muchas veces utilizo la IA para analizar mis artículos, ver las posibles debilidades y poder mejorarlos. Pues bien, hace unas semanas me llevé una sorpresa enorme. Pedí a ChatGPT que analizara y valorara mi artículoTrump lo tiene claro: la fuerza militar es su única justicia. Su respuesta me dejó de piedra: negaba de forma contumaz y sistemática (entre otras muchas cosas) la captura de Nicolás Maduro por militares norteamericanos y su traslado a Nueva York. Una noticia en primera plana de todos los medios de comunicación mundiales la catalogaba como “no fiable”.
A pesar de todo esto, hay que tener una cosa bien clara: la IA no es una persona. Eso implica que no puede tener intenciones malignas de dominar el mundo ni esclavizar al ser humano. Se trata de programas informáticos creados y desarrollados precisamente por personas. Además, la IA es un recién nacido, está en pañales, y aprende cada día de nosotros como lo haría un bebé. Por ello, todos somos responsables.
Los avances tecnológicos no cambian al ser humano, aumentan su capacidad de acción, por eso es importantísimo quién y con qué criterios la utiliza. Al igual que la superioridad tecnológica hitita no evitó su derrota ante Egipto en el campo de batalla, tampoco la inteligencia artificial garantiza el futuro por sí sola. La única manera de sortear todos estos peligros no es la prohibición, sino cavar una última trinchera: no confiar en los algoritmos y enseñar a niños y adolescentes a utilizar estas nuevas herramientas de forma responsable, fomentando el pensamiento crítico y la aplicación de la ética. Esa es nuestra última línea de defensa.

