Trump junto al presidente de Corea del Sur, Lee Jae-myung

¿Está Estados Unidos perdiendo a sus aliados asiáticos?

Uno de los rasgos distintivos del segundo mandato de Donald Trump ha sido el desgaste significativo de las relaciones de Estados Unidos con sus aliados tradicionales a lo largo del mundo. Si bien el desgaste más visible se ha dado en Europa con la fractura en la alianza del bloque occidental y la OTAN debido a políticas comerciales controversiales, amenazas públicas y una guerra declarada contra Irán, el impacto en Asia Pacífico, aunque menos mediático, no es menos grave ni preocupante. Precisamente, el ataque verbal y diplomático de Trump hacia países como Corea del Sur, Japón y Australia revela una crisis profunda que cuestiona el compromiso estadunidense en una región clave para su estrategia global.

Los aliados asiáticos de EE.UU. enfrentan una situación particularmente compleja. Son altamente vulnerables ante el shock energético provocado por la guerra en el Medio Oriente, debido a su dependencia de los combustibles fósiles importados desde esa zona, y a su propia seguridad, que ha estado históricamente cimentada en la alianza con Washington —una alianza que hoy parece cada vez más incierta y errática.

Corea del Sur como ejemplo

Corea del Sur refleja esta tensión de manera emblemática. Desde el primer gobierno Trump, se observó un distanciamiento marcado, con la controvertida relación entre el presidente estadounidense y el líder norcoreano Kim Jong-un dejando a Seúl en un papel secundario. La presión económica fue intensa: Trump exigió a Corea aumentar casi cinco veces su aporte financiero para la presencia de unos 28,500 soldados estadounidenses en su suelo, amenazando incluso con reducir o terminar esta histórica presencia militar que data de la Guerra de Corea en los años cincuenta. Aunque el presidente Joe Biden logró suavizar este conflicto con un acuerdo para un aumento del 13.9% en las contribuciones surcoreanas, la tensión no aminoró del todo.

En el segundo mandato de Trump, el asunto se agudizó. La aplicación de tarifas del 25% en productos surcoreanos durante una fecha simbólica, la agresiva redada migratoria en plantas de Hyundai en Estados Unidos y, sobre todo, la transferencia de un sistema antimísiles crucial hacia la región del Medio Oriente, fueron golpes a la confianza en la alianza. Esta última maniobra no solo menguó la capacidad defensiva de Corea frente a las amenazas de su vecino norcoreano, sino que además reavivó tensiones con China, quien castigó a Seúl con boicots y restricciones comerciales tras el despliegue inicial de ese sistema en 2017. El presidente surcoreano Lee Jae-myung reconoció públicamente su incapacidad para frenar estas acciones, ilustrando la desigualdad del poder entre ambos países.

Frente a esta incertidumbre, la opinión pública surcoreana muestra una dualidad que refleja esta encrucijada. Más de la mitad prevé un empeoramiento en las relaciones con Estados Unidos, pero un histórico 85.8% sigue apostando por mantenerse fieles a la alianza con Washington antes que alinearse con China. Al mismo tiempo, toma fuerza un movimiento hacia la autosuficiencia militar. El presidente Lee enfatizó que, aunque la alianza es un Pilar esencial de estabilidad en la península, la dependencia excesiva no es sostenible. Por ello busca que el control operacional en tiempos de guerra se transfiera a las fuerzas surcoreanas y aumenta la tolerancia social para discutir la autonomía nuclear, con un apoyo del 76.2% para desarrollar un arsenal nuclear propio.

Japón y otras tensiones

Japón transita un camino similar: la sorpresa y molestia fueron palpables cuando Trump impuso sus tarifas, y el gobierno nipón debió lidiar con el silencio estadounidense en medio de tensiones con China, especialmente después que el primer ministro Sanai Takaiichi expresara su apoyo a Taiwán. La guerra en Irán añade un nuevo desafío a esta relación, donde Japón mantiene una posición pacifista que limita sus despliegues militares en el extranjero, y ve con preocupación que la prioridad de Estados Unidos esté desplazándose hacia el conflicto en Medio Oriente y no en la seguridad del Asia oriental. La controvertida referencia de Trump al ataque a Pearl Harbor como justificación para no avisar a sus aliados sobre su ofensiva en Irán generó inquietud y reafirmó la sensación de imprevisibilidad.

Además, la redistribución de unidades militares estadounidenses y el retraso en entregas de armamento esencial evidencia un problema logístico y estratégico de fondo, que lleva a Tokio a incrementar su capacidad defensiva autónoma y avanzar en cooperación con otros socios regionales —como Australia, Filipinas y Canadá— y también con Europa. El temor a un desentendimiento estadounidense con la región se suma a la preocupación sobre la negociabilidad de Trump con China, con quien podría intentar acuerdos bilaterales sin considerar los intereses de sus aliados asiáticos. Esto se refleja en las nuevas estrategias de seguridad nacionales estadounidenses, que relegan a China como amenaza y apenas mencionan a Taiwán.

Este contexto no implica que las alianzas se estén rompiendo, pero sí evidencian una crisis profunda que obliga a los países asiáticos a reevaluar sus posiciones. La confianza que alguna vez se tuvo en Washington se ha debilitado, acelerando procesos de diversificación e independencia estratégica que incluyen también ámbitos más amplios como el económico y comercial. Después de la era de proteccionismo de Trump y el impacto de la crisis energética, países como Australia y Filipinas han comenzado a buscar una relación más pragmática con China, intentando, incluso, cooperar en áreas como la seguridad energética, pese a las tensiones existentes.

Esta reconfiguración, que también está moldeando otras regiones, plantea interrogantes fundamentales sobre el futuro del orden global. La alianza entre Estados Unidos y sus socios asiáticos permanece vital, pero con una nueva condición: ya no se trata solo de confianza y compromiso, sino de adaptabilidad, autonomía y una necesidad urgente de balancear intereses en un mundo cada vez más multipolar e impredecible. En definitiva, la era del dominio estadounidense absoluto en Asia parece estar cediendo paso a un complejo tablero de poder regional donde el diálogo, la resiliencia y la diversificación serán las principales cartas en juego.

Deja un comentario

Your email address will not be published.

Anuncios

Popular

Ir aArriba

No te pierdas

sanchez vs trump

¿Puede la confrontación con Trump salvar a Sánchez?

En un momento turbulento para la política española y europea,
Peter magyar

Adiós a Orban: ¿Qué significa la derrota del líder populista para Europa?

Tras 16 años de dominio casi absoluto, Viktor Orban ha