Entre la fábula moral de Safdie y el discurso aspiracional de Hollywood, Chalamet ha elegido su propia lectura: la ambición
Hará cosa de casi un año Timothée Chalamet ganó el premio del Sindicato de Actores a Mejor Actor por su papel en A Complete Unknown, convirtiéndose así en el más joven en conseguir tal hazaña. Su victoria hizo mucho revuelo gracias a un discurso de aceptación que no tardó en hacerse viral, con un Timothée con una actitud que jamás habíamos visto en él hasta la fecha.

Sé que lo más elegante sería restar importancia al esfuerzo que he dedicado a este papel y a lo mucho que significa para mí, pero la verdad es que han sido cinco años de mi vida. He puesto todo mi empeño en interpretar a este artista incomparable, el Sr. Bob Dylan, un auténtico héroe americano.
No puedo restar importancia a este premio. Porque significa mucho para mí. Sé que estamos en un negocio subjetivo, pero la verdad es que realmente busco la grandeza. Sé que la gente no suele hablar así, pero quiero ser uno de los grandes. Me inspiran los grandes. Me inspiran los grandes que están aquí esta noche. Me inspiran tanto Daniel Day-Lewis, Marlon Brando y Viola Davis como Michael Jordan y Michael Phelps, y quiero estar a su altura. Así que estoy profundamente agradecido. Esto no significa que ya haya llegado allí, pero es un poco más de combustible. Es un poco más de munición para seguir adelante.
Chalamet se mostraba ambicioso, determinado, y seguro de merecer aquel premio más que nadie. En ceremonias llenas de egos estratosféricos enmascarados en falsa humildad, su discurso era una refrescante declaración de intenciones frente a sus contemporáneos: quiero ser el más grande y no me avergüenza clamarlo. Claro que sí, Tim, respondimos todos. Qué épico momento — y que americanada más grande, si se me permite.
Timothée más tarde explicó que cuando ganó aquel galardón apenas había acabado de rodar Marty Supreme —la película que le dará con total probabilidad su primera estatuilla de los Óscar— y que aún estaba poseído por su personaje, Marty Mouser, un ambicioso jugador de tenis de mesa que hará lo que sea para llegar a lo más alto.
Aquel discurso fue el pistoletazo de salida para un Chalamet que, desde entonces, en cada aparición pública o entrevista que ha realizado, ha encarnado la competitividad más salvaje, el tesón en su oficio y la absoluta confianza en uno mismo, realizando una de las mejores campañas de marketing de la historia.
Pero para entender el tema que hoy nos ocupa, debemos diseccionar antes a Marty Mouser, el personaje que de alguna forma ha poseído a Chalamet estos últimos meses.
El mensaje de Marty
Kay Stone: ¿Cómo vives?
Marty: Vivo con la confianza de que si creo en mí mismo el dinero vendrá.
Kay Stone: ¿Y qué planeas hacer cuando este sueño tuyo no funcione?
Marty: Eso ni siquiera entra en mi conciencia

Marty Mouser está dispuesto a hacer lo que sea con tal de realizar su sueño. Esa es la premisa de Marty Supreme, una a la que Josh Safdie ya nos tiene acostumbrados. Sus anteriores películas, Good Time y Diamantes en bruto (Uncut Gems), realizadas junto a su hermano Benny, trataban también de buscavidas que se meten en embrollos de difícil salida con tal de perseguir su ambición —sea dinero o, en este caso, un sueño.
Marty Supreme encaja perfectamente en ese universo Safdie: el ritmo es frenético y asfixiante, con una tensión dramática en in crescendo constante que consigue que el espectador se quede pegado a la butaca. La ambición funciona aquí como motor y como trampa, una espiral que empuja al protagonista a justificarlo todo con tal de llegar más lejos. En ese sentido, la película es un calco del modelo que tan bien les ha funcionado hasta ahora.
Sin embargo, hay una diferencia importante: esta vez Safdie suaviza el golpe. Donde antes las consecuencias para sus protagonistas eran devastadoras, Marty Supreme se permite un cierre más amable, hollywoodiense. El cineasta blanquea ligeramente su estilo, aligerando el peso de las acciones de su protagonista. Sigue teniendo algo de salvaje, pero lejos de lo que observábamos en sus anteriores películas.
Pese a ello, la parábola sigue siendo la misma que en sus predecesoras: el fin no justifica los medios, las acciones tienen consecuencias y la ambición es un pozo de muy dificultosa salida.
La interpretación de Chalamet
Esta es una película sobre el sacrificio en la búsqueda de un sueño, y es algo con lo que puedo empatizar profundamente. Vivimos en una época sombría —especialmente la generación más joven— y esta película es un antídoto para enfrentarse a ello y para seguir creyendo en ti mismo, soñar a lo grande, seguir esos sueños y no aceptar un no por respuesta
Quizá sea precisamente ese final amable del que hablaba antes lo que ha desorientado la lectura de Chalamet. Donde Safdie filma el vértigo moral de la ambición, el actor parece haber encontrado un manifiesto. Marty Mouser no como advertencia, sino como bandera: la confirmación de que querer más, decirlo en voz alta y no aceptar un no por respuesta es, en sí mismo, una forma de heroísmo.
O quizá no se trate de una confusión, sino de una elección deliberada: la película como materia prima para construir un personaje público. Marty Supreme no solo como ficción, sino como campaña.
Sea como fuera, Chalamet no ha dejado ninguna oportunidad sin tomar para expresar su particular visión de la película, de su personaje y de cómo este puede inspirar a las jóvenes generaciones.
La asertividad, la confianza… A veces hay que llamar a las cosas por su nombre, especialmente a medida que te haces mayor. Quiero poder mirar atrás y recordar mis entrevistas cuando esté agotado y angustiado mentalmente a los 60 años y decir: «Tío, realmente decía la verdad, sin miedo».
Probablemente sea mi mejor actuación. Y llevo siete u ocho años sintiendo que estoy ofreciendo actuaciones de primera categoría, muy comprometidas. Y es importante decirlo en voz alta porque no quiero que la gente dé por sentada la disciplina y la ética de trabajo que aporto a estas cosas. No quiero darlo por sentado. Mi interpretación es mierda de primer nivel.»
La lectura de Chalamet resulta alentadora, desde luego. Y hay motivos para ello, empezando por su oda a la profesionalidad y a rendir cuentas. No hay nada más inspirador que ver a alguien seguro de sí mismo ir a por lo que quiere, a través de la disciplina y tenacidad —«ya descansaré cuando esté muerto» dijo en una entrevista. Sin peros, ni excusas, ni pidiendo disculpas. Su discurso se aleja de aquel al que los artistas nos tienen acostumbrados y se acerca a esa nueva figura tan aplaudida del siglo XXI: el emprendedor.
En esta época donde los gurús de la agencialidad personal aparecen como champiñones — gymbros y cryptobros invitándote a sacrificar todo por tu sueño— y los jóvenes responden con efusividad a ellos, Chalamet ha sabido, de forma brillante, entender que su audiencia, machacada constantemente por TikToks y Stories sobre cómo conseguir independencia de un sistema que cada vez más nos oprime, necesita un referente en Hollywood que encarne esos valores.
No es difícil pensar que este discurso de superación personal pueda resonar especialmente en ciertos sectores jóvenes que hoy buscan referentes claros, respuestas simples y modelos de afirmación en un contexto de incertidumbre. Audiencias como las que retrata, con tanta lucidez, Adolescence: ese ecosistema cultural donde figuras como Andrew Tate y compañía se convierten en símbolos, con todo lo que eso arrastra.
En ese sentido, Marty Supreme podría ser leída —o apropiada— no tanto como advertencia, sino como confirmación: la historia de un hombre convencido de estar por encima de los demás (sobre todo mujeres), dispuesto a todo con tal de llegar más lejos.
Y ojo, no digo que esto sea un problema de la película. Aquí todos somos mayorcitos para hacer nuestras propias lecturas e interpretaciones, tal como ha hecho el propio Chalamet. Lo que señalo es que, en muchos casos, la conversación pública parece haber adoptado ya de antemano la narrativa ofrecida por el actor en su retahíla de entrevistas, antes incluso de preguntarse qué está diciendo realmente la cinta.
En lo más alto
Poniéndose a la altura de Michael Jordan o Michael Phelps en su propia disciplina, Chalamet se ofrece como voz de una generación y héroe americano—en una época en la que gran parte de la población estadounidense necesita referentes ante el desamparo político. Encarna la competitividad capitalista más despiadada, junto a otros valores tradicionalmente asociados a la derecha, pero sigue siendo un icono para las juventudes progresistas que se enamoraron de él en Call me by your name y que disfrutarán de la cinta porque Marty Supreme es, en efecto, una gran película y Timothée Chalamet está inmenso en ella.
El resultado: Chalamet ha conseguido el sueño de Marty de llegar a lo más alto. Se va a llevar el Óscar, Marty Supreme es un éxito en taquilla y él se va a confirmar como ídolo americano, incluyendo su relación con una integrante de una de las familias americanas más influyentes de Estados Unidos. Da igual si la película trata del mensaje que el defiende o no, o de si su apología de la ambición desmedida puede ser una deriva peligrosa hacia un estilo de vida insaciable.
Timotée Chalamet ya ha ganado.

