Aún no se habían apagado los ecos de las doce campanadas que anunciaban el nuevo año cuando todo ocurrió. Los sones de los villancicos solo se escuchaban en algunas casas y contadas tiendas. En realidad, todo eso está pasado de moda aunque haya luces por todas partes, la gente luzca un gorro rojo y blanco y ría «jo, jo, jo» mientras reparte regalos en Navidad y las cabalgatas de reyes recorran nuestras calles la víspera del día de Epifanía del Señor. Todo está vacío. Ni el niño Jesús ni la paz que anunciaba están ni se esperan. El desparrame capitalista navideño que comenzó en los países anglosajones se ha llevado al extremo y se ha exportado a todo el globo.
Sin duda, la tonada navideña más famosa del mundo es The One Horse Open Sleigh (el Jingle Bells de siempre), que se publicó en 1857 y se reeditó en 1859. Y sin embargo, cosas de la vida, no tiene nada que ver con la Navidad. En su letra en inglés no se menciona en absoluto. De hecho, la relación del Jingle Bells con la Navidad es tan artificial y falsa pero tan incontestable como la que tienen los EEUU y su actual administración con la democracia. En Washington hoy día se gobierna a golpe de decreto mientras se muestra una constante indulgencia con los poderosos y se es arrogante y despiadado con los débiles.
Desde inicios de 2025 estamos presenciando un vodevil donde el inquilino de la Casa Blanca hace lo que le sale del tupé que, por cierto, seguro que es el mejor cuidado del mundo, como ya comentamos en otro artículo. En realidad, es fácil ver el camino emprendido hace casi una década y que ha ido llegando al extremo:
- Ya comentamos en otro artículo que se está produciendo una concentración de poder del todo inusual en los EEUU y no se tiene muy claro dónde puede acabar la tradicional división de poderes.
- También nos hicimos eco de cómo la guardia nacional ha sido desplegada en diversas ciudades del país (todas ellas gobernadas por demócratas), incluida Washington. ¿las razones? espera que se me ocurra algo… el alza de la criminalidad, por ejemplo.
- La indecencia parecía haber llegado a su culmen con la propuesta de deportación de toda la población de Gaza para construir hoteles de lujo.
- Resulta interminable el cambio de parejas en el baile de Ucrania (unas veces apoyando a Zelensky, otras parece que es a Putin), mientras tanto, la UE muestra su total irrelevancia geopolítica.
- La lucha arancelaria con China hace imposible predecir la futura relación entre ambos gigantes.
- El ataque preventivo contra las instalaciones nucleares iraníes el pasado verano parecía del todo inaceptable.
- Las amenazas constantes al gobierno mexicano con una intervención militar es otra piedra más en su pirámide de despropósitos.
- Sin embargo, en mi opinión, lo más espectacular llegó con sus declaraciones sobre los congresistas que pedían a los miembros de las fuerzas armadas y a la CIA que no acataran órdenes ilegales. Según él, merecían la pena de muerte. Parece que jamás haya oído hablar de los juicios de Núremberg, donde quedó clara la nulidad de la excusa de seguir órdenes y la responsabilidad por los actos cometidos.
Todo esto ha llegado, por el momento, a su éxtasis en un ataque relámpago contra Venezuela y el abordaje en aguas internacionales de petroleros rusos, acusados de intentar burlar el embargo de crudo que pesa sobre Venezuela. Hace meses que se venía caldeando la situación con la destrucción sistemática de numerosas narcolanchas. Todo se precipitó y en unos minutos la legalidad internacional se desvaneció por completo. El cruel dictador venezolano, Nicolás Maduro, sufrió los efectos del poder de intervención rápida de los famosísimos Navy Seals. Fue secuestrado en su propia residencia y trasladado a una prisión federal en Nueva York para ser juzgado por la justicia yanki. Ya se sabe: Vae victis (¡Ay de los vencidos!) que decían los romanos.
¿No es una enorme paradoja? Esa apariencia de justicia, tan vacía como lo está la Navidad. Ya no se celebra la “natividad”, el nacimiento del Salvador, de su paz y su justicia social. En la mayor parte de canciones navideñas (sobre todo en las americanas) ya solo se habla de un tal Santa, de los regalos (que sin ellos no hay Navidad) y de besos bajo el muérdago.
Ahora, la administración norteamericana ha declarado que utilizará al régimen chavista para controlar la situación en el país. La vicepresidenta, Delcy Rodríguez, será su títere mientras haga lo correcto, es decir, mientras sea útil. Desde la Casa Blanca se ha dicho claramente, controlarán el país (y sus recursos naturales) mientras se da una transición adecuada a sus intereses.
Está claro que Venezuela no es Rusia ni Putin es Maduro. También está claro que Taiwán y Corea del Sur tienen suerte de estar respaldadas por una gran potencia, no como Venezuela o Irán. China ha recibido el mensaje durante sus maniobras militares en las cercanías de la isla rebelde. Irán sabe que serán los siguientes ¿o quizá me equivoco y le tocará el turno a Groenlandia? Ni Dinamarca ni la UE son rivales. Todo el mundo sabe que los aliados lo son hasta que dejan de serlo.
Nos encontramos en un momento en el que «justicia» es esa palabra totalmente vacía de contenido a la que no es necesario acudir si tienes la fuerza militar suficiente para sostener tus actos. Algo que, por cierto, han hecho todas las grandes potencias desde que el mundo es mundo.
No dudo de que todos los que estudiamos latín en el instituto estamos oyendo aquellas frases de Cicerón una y cien veces traducidas:
¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?
¿Hasta cuándo esta locura tuya seguirá riéndose de nosotros?
¿Cuándo acabará esta desenfrenada osadía tuya?
Qué lejos queda el brillo del gran país que tanto ayudó a la derrota del nazismo. Poco parece conservarse de la democracia que se opuso firmemente a los excesos de los comunistas, a los que pronto igualó en pecados y desmanes. Lo que sí parece es que hay un nuevo sheriff en el pueblo, de gatillo fácil y realmente temible.