Energía, guerra y el giro nuclear que redefine el continente
Durante años, Europa creyó que podía abandonar la energía nuclear sin consecuencias estratégicas. Hoy, en plena crisis energética global, esa certeza empieza a resquebrajarse.
La reciente guerra en torno a Irán ha dejado una imagen difícil de ignorar: el tráfico de petróleo y gas a través del estrecho de Ormuz cayó un 94%, provocando un shock inmediato en el suministro global. Para una Unión Europea que todavía importa más de la mitad de su energía, la vulnerabilidad quedó expuesta de forma brutal.
La respuesta no ha sido solo técnica. Ha sido, sobre todo, política.
El retorno de una idea incómoda
La energía nuclear nunca desapareció del todo del imaginario europeo, pero sí fue relegada. Tras el desastre de Accidente de Chernóbil, la percepción pública cambió profundamente. A ello se sumó su asociación simbólica con las armas nucleares, consolidando una desconfianza que se tradujo en políticas concretas: cierres progresivos, moratorias y planes de abandono.
El dato es revelador: en 1990, alrededor de un tercio de la electricidad europea provenía de la energía nuclear. Hoy, apenas ronda el 15%.
Sin embargo, la historia europea con lo nuclear es más compleja. Desde el Tratado Euratom, firmado en 1957, el continente apostó durante décadas por construir una infraestructura común que garantizara energía barata y autonomía estratégica. A finales de los años 80, Europa contaba con más de 130 reactores operativos.
Lo que vemos ahora no es una innovación, sino un retorno.
La geopolítica manda
El giro actual no se entiende sin el contexto internacional. Primero fue la invasión rusa de Ucrania, que evidenció la dependencia europea del gas ruso. Ahora, el conflicto en Oriente Medio añade una nueva capa de incertidumbre.
El cierre de facto del estrecho de Ormuz por parte de Irán —por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial— ha tenido efectos inmediatos: caída de exportaciones, destrucción de infraestructuras energéticas en el Golfo y un aumento drástico del riesgo para el transporte marítimo.
Europa no controla ninguna de esas variables.
Y ahí está el problema.
La dependencia energética se ha convertido en una cuestión de soberanía. Cada crisis externa —Rusia, Irán, Oriente Medio— se traduce automáticamente en inflación, escasez o medidas de emergencia dentro de la UE.
No es casualidad que varios países europeos estén ya tomando medidas excepcionales: restricciones al combustible, debates sobre racionamiento o propuestas de impuestos extraordinarios a las energéticas.
La energía ha dejado de ser un mercado. Es, de nuevo, una cuestión estratégica.
El nuevo consenso nuclear
En este contexto, la energía nuclear reaparece como una solución incómoda pero eficaz: producción doméstica, estabilidad de precios y bajas emisiones de carbono.
Los movimientos recientes son significativos:
- Italia estudia levantar su veto nuclear tras 40 años.
- Bélgica ha revertido su plan de abandono.
- Países Bajos planea nuevas centrales.
- Incluso Grecia empieza a explorar el desarrollo nuclear a pequeña escala.
Y, quizá más importante, Alemania ha suavizado su histórica oposición, acercándose a la posición de Francia, que obtiene cerca del 70% de su energía del átomo.
El cambio también se percibe en Bruselas. Ursula von der Leyen ha calificado recientemente el abandono nuclear como un “error estratégico”, mientras la Comisión Europea impulsa una nueva estrategia centrada en los reactores modulares pequeños (SMR).
Estos reactores prometen algo clave: menor coste, mayor flexibilidad y despliegue más rápido. La ambición es clara: que estén operativos a principios de la década de 2030.

Más allá de la tecnología
El debate nuclear nunca ha sido solo técnico. Es también cultural y político.
Durante décadas, Europa construyó su identidad energética sobre la idea de transición verde, apostando por renovables y alejándose de tecnologías percibidas como peligrosas. Hoy, esa narrativa se enfrenta a una realidad más compleja: las renovables no siempre garantizan estabilidad, y la geopolítica no espera.
Lo que está emergiendo es un nuevo consenso más pragmático: la necesidad de un mix energético que combine sostenibilidad, seguridad y autonomía.
Incluso la opinión pública parece estar girando. Encuestas recientes muestran una percepción más positiva de la energía nuclear que hace apenas unos años.
Una cuestión de autonomía
En el fondo, el regreso de la energía nuclear no trata solo de electricidad. Trata de poder.
Europa se enfrenta a una pregunta incómoda: ¿puede ser realmente autónoma en un mundo fragmentado sin controlar su propia energía?
La respuesta, cada vez más, parece apuntar hacia el átomo.
No como símbolo de progreso, como lo fue en el siglo XX. Sino como herramienta de supervivencia en el XXI.
Fuentes:

