¡Cuidado con los Idus de marzo! le había advertido a César su mujer, Calpurnia. Había tenido una pesadilla que, según ella, era premonitoria. «¡Solo se debe temer al miedo!» dicen que contestó él. Era extraño, los lictores que debían precederlo no habían acudido aquella mañana a su casa. Tampoco había esclavos que le llevaran en litera. Así que caminó tranquilamente en dirección al Senado. Aquel día de invierno había llovido y las calles estaban llenas de charcos. Le molestaba mojarse los pies ¿Envejecía César? ¡No! el barro del campo de batalla no le desagradaba como las sucias aguas de la arena política. Llegaba a su destino, comenzó a subir las escaleras. En ese momento, un viejo ciego volvió a advertirle «¡Cuidado con los Idus de marzo!»
Me pregunto si D. Trump y E. Musk ignoran, como César, las amenazas que surgen de la concentración de poder pues, con sus actitudes, ponen en jaque a la democracia más grande del mundo.
Pero ¿Qué tenía que temer César? ¡El gran César! Los dioses le protegieron cuando le capturaron los piratas cilicios y le otorgaron la venganza sobre ellos. General victorioso en todos los campos de batalla. Conquistador de las Galias. Vencedor contra el gran Pompeyo y sus aguerridos y no menos dignos hijos. Nombrado dictador vitalicio para sacar a Roma, de una vez por todas, de la crisis en la que llevaba sumida tantos años. Guerra civil tras guerra civil, con él parecía llegado el momento de poner fin al continuo baño de sangre. «Ahora, marcharemos contra los dacios y contra los partos» pensaba César.
Sin embargo, se rumoreaba insistentemente que César iba a ser nombrado rey. ¿Acaso no había ya rechazado la corona ofrecida por Marco Antonio? Sí, en las Lupercales. La había rechazado tres veces. Incluso se la habían puesto en la cabeza. Pero la rechazó, y todo el pueblo de Roma fue testigo de ello.
Subía por las escaleras hacia el Senado cuando aquel viejo ciego le gritó «¡Cuidado con los Idus de marzo!» César rió y le contestó «Aún estoy vivo ¿no?». «Pero los Idus no han terminado aún», le replicó el viejo ciego. César siguió su camino, subiendo, tranquilo, las escaleras.
Se acercaron a él, era un nutrido grupo de senadores. ¿Qué podía temer? como Pontifex Maximus era intocable y además, el sacrilegio de un ataque en el Senado sería la sentencia de cualquier enemigo. Era inviolable, ni siquiera le podían tocar para hacerle ir hacia donde pretendían. Pero le rodearon y se vio empujado hacia una puerta lateral.

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César sintió a alguien corriendo detrás, a lo lejos, que le llamaba. Volvió la cabeza y lo vio por encima de los hombros de los que le rodeaban. Era el fiel entre los fieles, Marco Antonio, que corría. Justo entonces se cerró la pesada puerta de la sala a la que le habían conducido. Allí estaba la estatua, Pompeyo, su colega triunviro.
«¡Ah! que desventurado fue su final. Derrotado en Farsalia, logró huir solamente para ser engañado, traicionado y asesinado vilmente. Buscaba refugio, buscaba un lugar donde pasar sus últimos años al abrigo de amigos. O mejor dicho, de enemigos de Roma. Pero la diosa Fortuna le volvió una vez más la espalda. El cruel acero, manejado por quienes él creía los suyos, acabó con su vida ante la atenta mirada de su impotente esposa, de la manera más indigna.»
«Y el tercero de los triunviros, Craso, funesto destino también el suyo. Derrotado por los partos, capturado y ejecutado cruelmente. Conociendo su avidez extrema de oro, se lo hicieron beber fundido. Pero, sin duda, lo peor fue la pérdida de las águilas. Aquellas águilas, símbolo del poder de Roma, permanecen en Ctsifonte. ¡Pronto las recuperaremos!»
Aquellos senadores que le rodeaban trataban de abrumarle, le tendieron un papiro enrollado. ¡Era una petición para devolver el poder al senado y al pueblo de Roma! ¡Qué insensatos! Pero… ¡alguien le toca, le tira de la toga! «¿Qué significa esta violencia?»
Y, justo entonces, nota un agudo dolor en la garganta y empieza con saña el apuñalamiento. «¡Ahí está Bruto! ¿Tú también, hijo mío?» Sí, él y otros sesenta indignos senadores. Traidores a Roma. César trata de salir a la calle pero resbala, cae y ve salpicada de sangre la estatua de Pompeyo.

Autor: Cătălin Drăghici
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Luego solo silencio, oscuridad y el frío mármol bajo su cuerpo, que se va cubriendo de la tibia sangre de César.

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César confiaba en la protección de los dioses y en el amor de su pueblo. Se creía invulnerable, era el Pontifex Maximus, legalmente era inviolable; cualquier ataque contra él sería sacrilegio, un desafío a la ley y al mismo pueblo de Roma. Otros había sido traicionados antes que él, pero su confianza y orgullo lo cegaron. No pudo o no supo ver que la mayor amenaza venía de los más cercanos.
Me pregunto si D. Trump y E. Musk ignoran, como César, las amenazas que surgen de la concentración de poder pues, con sus actitudes, ponen en jaque a la democracia más grande del mundo. Trump recuerda, en cierto modo, a César invocando un mandato casi divino, gobernando a golpe de decreto. Mientras Musk, desafía el orden establecido, en este caso la separación de poderes, base fundamental de la democracia. Ambos personajes parecen derrochar arrogancia y ceguera política.
En el panorama internacional parecen seguir la misma tónica. En la reunión celebrada entre el presidente Trump y el presidente ucraniano, Zelensky, el 28 de febrero de 2025, una vez más se evidenció esa arrogancia y, desde mi humilde punto de vista, amateurismo en relaciones internacionales. La actitud de Trump recuerda, en cierto modo, a Vito Corleone en el inicio de la famosa saga de El Padrino. En ocasiones parece el líder de la pandilla más fuerte del patio del colegio recibiendo la visita de alguien que se niega a agradecer su protección. Por supuesto, un par días después, Zelensky aceptó. El siguiente paso es amenazar a la otra parte en conflicto, Rusia, con imponer sanciones y aranceles a gran escala si no acepta firmar la paz, según este artículo de la agencia EFE del 7 de marzo de 2025. Pero Putin no parece tan fácil de doblegar.
La nueva administración americana ha iniciado, sin muchos preámbulos, una guerra comercial con la UE, China, Canadá y México difícil de ganar. Ha propuesto de forma agresiva a Dinamarca la adquisición de Groenlandia. Ha amenazado con una acción unilateral por parte del ejército si el gobierno mexicano no se enfrenta a los cárteles de la droga (recuerda a la fallida expedición contra Pancho Villa en 1916). Y todo esto parece que solo el principio de una nueva forma de política internacional.
Si continúan por esos derroteros (y parece que lo harán) ¿surgirán nuevos «senadores» que decidan que se trata de una situación insostenible? Quizá deberían también recordar cómo las propias 13 Colonias se levantaron en 1775 contra un gobierno considerado tirano para lograr finalmente su independencia. Como dijo Cicerón, Historia magistra vitae est, nos enseña que tarde o temprano, lo que le sucedió a César, a Lincoln, a J. F. Kennedy… podría suceder nuevamente. Si así fuera, la mayor amenaza, sin duda, vendría de los más cercanos.
Alguien debería recordar a D. Trump, a E. Musk y a sus consejeros aquello de «¡Cuidado con los Idus de marzo!»