Me siento tremendamente agradecido por todo lo que últimamente me ha sucedido que sé que un día serán nostálgicos recuerdos. He conseguido encadenar proyectos y experiencias como las de Siderno y Città della Pieve, donde hice un maravilloso Workaway. Ahora escribo esto desde Zagreb, en casa de la amiga de un amigo, un día después de acabar un proyecto en la Croacia rural.

No hablaré de específicos ni valoraré la experiencia de manera objetiva; los que me seguís sabéis que ese no es mi estilo. Simplemente quiero compartir momentos, recuerdos que se que me acompañarán durante mucho tiempo.

Hablaré entonces de la casa que nos acogió, en medio de la nada, a 10 voluntarios de toda Europa y a un cordinador francés. De como los primeros días faltaban camas, y debimos usar la inventiva para no empezar una guerra innecesaria entre nosotros (yo dormí los primeros días en un fino colchón bajo las escaleras, como Harry Potter). Recordaré las charlas matutinas que los más madrugadores manteníamos, siempre con aroma a café o tabaco. Haré hincapié en las diferencias de edad, cultura y lengua del grupo, que muchas veces propiciaban alentadores retos. Y pensaré en las noches de rakijia, cerveza o vino que aunque hacían el día de trabajo de después fuera más duro, crearon un bello sentimiento de comunidad.

Fueron dos semanas solo, y sin embargo, siento que infinidad de experiencias tuvieron lugar. Aprendí muchísimo sobre el trabajo duro, físico. Ahora sé usar correctamente palas, azadones, piquetas, hachas… Y he descubierto que me encanta trabajar de esta manera. Cavamos, hicimos muros de piedra, trabajamos con madera… con el objetivo de crear espacios que tanto los animales de la zona como los humanos pudieran disfrutar. Y wow, el sentimiento de crear en comunidad es empoderador. Quiero seguir aprendiendo sobre natural building y permacultura con el objetivo de un día usar todo este conocmiento para mi propio proyecto.

Continúo este artículo rememorando tres momentos más, y el primero es cuando fuimos al refugio de osos de Kuterevo. Les dimos de comer y nos sentamos a mirarlos.

Nunca había sentido tanto asombro observando a un animal como lo sentí aquel día.

Aquella tarde, cuando volvimos a la casa, todos los voluntarios nos apretujamos en tres camas y vimos juntos Hermano Oso, con nuestros colgantes con forma del mamífero en nuestros cuellos, estandarte que nos confirmaba como voluntarios de aquel proyecto.

El segundo recuerdo me produce dicha absoluta ya que hacía tiempo que no disfrutaba de un modo tan infantil de una actividad. Durante una caminata organizada por el proyecto (en un parque natural precioso, por cierto), varios voluntarios realizamos una guerra de piñas de pino entre nosotros. Quizá desde fuera se vería ridículo, una panda de veinteañeros lanzándose piñas los unos a los otros, pero joder, cómo me reí y qué bien me lo pasé. En aquel momento mi único pensamiento era lanzar piñas y nada más. Conseguí conectar con el instante de un modo que en los últimos años ya solo me sucede cuando medito, escribo o hago deporte.

Acabaré recordando como, una noche de la segunda semana, después de varias copas de vino y partidas de cartas, otro voluntario y yo nos dirigíamos a la segunda casa (donde algunos nos estábamos quedando debido a la falta de camas de la primera). Era un paseo de diez minutos en el que no sucedió nada memorable más allá de que el cielo estaba despejado, pero aquello fue suficiente para convertir un paseo rutinario en un mi recuerdo favorito: las estrellas brillaban con una fuerza y vivacidad deslumbrantes, y esperando a que mi colega se acabara su cigarro antes de entrar a la casa, pude dedicarme a observarlas. ¿Cómo puede ser que pese a que siempre que dedico tiempo a mirarlas me siento increíble, no lo hago con tanta frecuencia? Llevaba varios días haciendo aquella ruta y hasta ahora sí, las había visto, pero no, no me había parado a observarlas. La naturaleza me dio un agradable toque de atención, tal y como ya hizo en su día el mar de Siderno.

Ayer me despedí de casi todos los voluntarios, muchos de los cuales es probable que no vuelva a ver nunca. Me despierto en un sofá con dos franceses, los últimos voluntarios con los que aún sigo mi camino. Hoy cogerán un bus hacia Italia para realizar otros proyectos, y también les diré adiós. Acabar proyectos es siempre extraño, sobretodo si no te gustan las despedidas.