Llevo queriendo escribir un artículo sobre los beneficios de la meditación desde hace semanas. No esperaba hacerlo bajo estas circunstancias pero ahora incluso me parece el marco más apropiado.

La reflexión que ahora escribo es fruto de un desafortunado contexto: son las dos de la mañana y estoy en un aeropuerto, poco después de aterrizar. Se suponía que un amigo debía venir a recogerme, pero no responde a mis llamadas o mensajes. Imagino que se habrá dormido. Lo cierto es que venía de París, en un trayecto que incluso para al más paciente se puede hacer largo: de casa de mi pareja cogí el metro para llegar a la otra punta de la ciudad (tardé casi una hora), desde allí cogí un bus que después de hora y media llegaría al aeropuerto y por último el vuelo del que acabo de bajarme. Empecé el trayecto a las 18 y como ya he dicho antes, ahora son las 2. No tengo tiempo ni ganas de gastarme el dinero en un hotel, y dudo que aunque quisiera tengan ya la recepción abierta. Así que me toca pasar la noche en este lugar, descansando como buenamente pueda en unas sillas incómodas hasta que mi amigo se despierte, lea los mensajes y venga a recogerme. En resumen, la mía es una situación de lo más inoportuna. Pero también es una oportunidad, y es de eso de lo que quiero hablaros.

El poder de la meditación

¿Cómo transofrmar los momentos de enfado o frustración en algo fructífero?
¿Cómo transofrmar los momentos de enfado o frustración en algo fructífero?

He pasado los últimos meses intentando ser más consciente de quién soy yo. Yo fuera de las etiquetas que nos ponemos o que nos ponen los demás. Fuera de mi ego, que en otros tiempos era indomable. Y le he puesto esmero. Empecé a observarme, a través de la meditación y otras técnicas, y me di cuenta de del inmenso trabajo que queda por hacer. Y lo que empecé a vislumbrar era solo la punta del iceberg. Sin embargo, también era un principio de lo más prometedor.

A medida que más meditaba, que más libros leía que me guiaran (como Biografía del silencio), mi paciencia se ensanchaba, mi humor mejoraba. Y ojo, no creo que la clave sean los libros. Ciertos autores te pueden dar ese primer empujoncito (muchas veces éste es clave, por supuesto), pero el trabajo lo tienes que hacer tú. Antes de tomarme la autoconsciencia (o mindfulness, como algunos lo llaman) en serio, yo ya había leído a multitud de escritores que hablaban del tema. Y como es lógico, las lecturas por sí solas no me hicieron nada. Fueron todas aquellas sentadas de meditación las que me salvaron.

En cualquier caso, progresivamente empecé a dejar de identificarme con mis emociones y me limité a observarlas. Y de la misma manera que cuando uno tiene la sensación de ver algo de reojo pero cuando lo mira fijamente desaparece, mis falsas emociones se desvanecían en cuanto me sentaba a observarlas directamente.

Como decía, después de semanas de meditación, empecé a notar sus beneficios. Sin embargo, no es en los momentos apacibles en los que nos ponemos a prueba. Es en los infortunios de la vida, dónde o bien cogemos las riendas, o lo hace nuestro ego por nosotros. En cualquier caso, y como ya dije en un anterior artículo, «somos los únicos responsables de nuestras emociones«. Podría pasar estas horas cabreado con mi amigo por haberse olvidado de recogerme, pero lo cierto es que el único responsable de mi enfado sería yo. Es muy duro de aceptar, lo sé, pero es la verdad.

Parece uno de esos guiños del universo que mientras esperara el vuelo que me llevaría a este aeropuerto, me encontrara releyendo Siddhartha y me cruzara con una de las muchas citas que tanto me han marcado. En ésta le preguntaban a Siddhartha por lo que sabía hacer.

«Sé ayunar, sé esperar y sé meditar»

Estas siete palabras se han convertido en mi mantra esta noche. Acabando de escribir esto incluso me embarga un tonto regocijo, y es que no os podéis imaginar lo mucho que puedo llegar a disfrutar escribiendo. Qué suerte tener mi ordenador aquí conmigo.


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