Después de dos semanas donde el trabajo fue más bien inexistente y donde en el campamento reinaba libertad absoluta para hacer lo que quiséramos llegaba Pet Kupa, el plato fuerte del proyecto. La Pet Kupa es un evento anual en el que varios equipos de voluntarios compiten para recoger basura del río Tisza. La particularidad del mismo es que los botes usados por cada equipo están hechos de la basura recogida en la edición del año anterior. La gracia del evento es que cada día todos los participantes avanzan parte del río con sus botes, y entonces se hace campamento base en el siguiente punto. Cada día durmiendo y clasificando basura recogida en alturas distintas del mismo río, hasta llegar a la desembocadura con el Danubio.

Los equipos recogen basura en su bote y luego lo traen a un barco más grande, donde se acumula hasta llegar al siguiente campamento. Me podéis ver sentado encima de las bolsas de basura, con la gorra verde. Esa montaña de basura puede llegar a superar la altura del larguero azul en tan solo una mañana.

Nosotros no íbamos en calidad de participantes, sino ayudando al equipo de coordinación. Nuestra tarea consistía principalmente en clasificar los diferentes tipos de botellas de plástico, una tarea monótona pero que podía llegar a ser bastante meditativa. Aquellos con más entusiasmo acabamos realizando otros trabajos, como ayudando en el barco que servía bebidas a los participantes o yendo en canoa en busca de basura.

Recuerdo que el día anterior a empezar oficialmente el evento, después de acabar de construir los botes de los concursantes, hubo una gran fiesta de inauguración con banda incluida. Nos encontrábamos en una esplanada verde a la vera del río que había sido adaptada: habían puesto una gran carpa con mesas y sillas, estantes de comida… Cientos de voluntarios se movían de arriba para abajo, cenando en el espacio disponible.

En un momento de la noche Cecilia subió al escenario a tocar, mientras los músicos descansaban y la gente cenaba. El guitarrista le dejó su guitarra amplificada y ella tocó y cantó un tema. Cuando acabó, me vió paseando por allí y me invitó a que subiera a tocar. Accedí y Dios, qué sensación. Fue increíble. Escuchar la guitarra y mi voz de aquel modo amplificado, ver algunos de los voluntarios que andaban por allí se detenían a escucharme… Me lo pasé como un niño.

Aquella noche hicieron una gran hoguera para celebrar el inicio del evento. Nos sentamos alrededor del mismo mientras cantábamos canciones o conocíamos a otros jóvenes. Reímos y bailamos hasta las tantas. Entonces nuestro equipo volvió al campamento, excepto Paula y yo, que dormiríamos en mi tienda, y Luca y Cecilia, que tenían ganas de marcha y planeaban quedarse toda la noche de fiesta.

Fueron varios días maravillosos en los que por primera vez en el proyecto sentimos que estábamos teniendo un impacto real. Durante el proceso conocimos a locales y descubrimos lugares maravillosos, aunque tampoco era solo pasárselo bien. Nos pasamos horas y horas clasificando basura, durante varios días seguidos. Pero es que ahí estaba la gracia, la razón por la que nos encontrábamos allí. Citando a Marx: cuando cambias los elementos de la naturaleza que te rodea, transformas tu propia naturaleza.

Aquel ambiente de coordinación masiva en pos de limpiar el río fue de lo más inspirador. Y además, cuando terminábamos de clasificar la basura del día siempre había algo nuevo que hacer o que descubrir, teniendo en cuenta que cada día nos encontrábamos en un sitio distinto. Una de aquellas tardes nos abrieron las puertas de la iglesia del pueblo donde nos encontrábamos para que pudiéramos subir a la torre y ver la puesta de sol desde lo alto. Había llovido ese día y mientras el sol se ponía se formó un arcoiris, justo al lado del rio. Éste estaba rodeado por vegetación que se extendía hasta el pueblo donde nos encontrábamos; las montañas se difuminaban detrás de las nubes.

Esta parte de Hungría suele ser vista como un lugar que no vale la pena visitar (muchos húngaros me han dicho esto) ya que es la zona pobre del país. Mi opinión después de estar un mes viviendo allí es totalmente contraria. Al tratarse de una zona poco industrializada es aún muy rural, llena de naturaleza, rios y montañas, donde los pequeños centros urbanos no interfieren en el paisaje. Me pareció un lugar hermoso, y además, de lo más económico. Una joya escondida de Hungría, que desde luego es mucho más que tan solo Budapest.

En otro orden de cosas, de la Pet Kupa, en la que al final se recogieron 13 toneladas de basura en una semana, se hizo un interesante reportaje para la televisión que os voy a dejar aquí abajo y del cual yo fui uno de los entrevistados.

El último día de la Pet Kupa nos encontrábamos en Tokaj, ciudad famosa por su vino. Paula y yo nos escapamos y fuimos a dar un paseo por el centro de la pequeña urbe. La ciudad en sí es pequeña y pintoresca, con calles empedradas y edificios históricos que añaden un toque de encanto europeo. La arquitectura tradicional húngara se mezcla con elementos históricos que recuerdan la importancia de la región en la producción de vino.

Dada su fama, fuimos a una enoteca a probar varios vinos de la zona. Nos sentamos en el encantador patio del local y nos los bebimos mientras entablamos conversación. Luego nos ofrecieron hacernos un tour de la bodega. Una vez acabamos decidimos contrastar la calidad del vino y fuimos a dos establecimientos más. Pasaron las horas sin que nosotros nos diéramos cuenta, pues dedicamos toda nuestra atención el uno al otro y a la conversación que estábamos manteniendo. No nos percatamos de las llamadas perdidas de los otros voluntarios, y cuando volvimos a al centro de operaciones de aquel día ya bien entrada la noche, ya se habían marchado todos. La cena aquel día tenía lugar en otra lado de la ciudad. Nos dijeron que nos vendrían a recoger en un cuarto de hora o así.

Nos sentamos delante del río, en silencio. El campamento estaba desértico excepto por un voluntario de mediana edad que pasaba por allí que nos reconoció y nos ofreció unas cervezas que llevaba consigo. Luego prosiguió su camino y volvimos a estar completamente solos.

«La vida nos sonríe», le dije mientras reía. «Ahora nos cae cerveza del cielo»

Después de aquellos días de trabajo y con Paula sentada a mi lado, bebí la lata sintiéndome el tipo más afortunado del mundo.


¡Suscríbete a nuestra newsletter para no perderte ninguno de nuestros nuevos artículos!

[newsletter_form type=»minimal»]

Todos los capítulos de «Historia de un verano»:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *